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Por qué echamos de menos el pueblo, aunque casi no vivamos allí

La nostalgia empezó siendo una enfermedad de soldados. Qué dice la psicología sobre el apego a los lugares, por qué los veranos nos marcan y cómo mantener el vínculo.

7 minutos de lectura

Hay una pregunta que divide a los españoles en dos bandos: «¿Tú tienes pueblo?». Quien lo tiene contesta enseguida, y con una sonrisa. No hace falta que haya nacido allí, ni que vaya mucho, ni que sus padres lleven cuarenta años viviendo en una ciudad. Es su pueblo y punto.

¿Por qué se le coge tanto cariño a un sitio donde, si sumas los días, quizá solo has pasado unos pocos meses de tu vida? Resulta que hay bastante pensado sobre esto, y parte de la explicación es muy curiosa.

La nostalgia empezó siendo una enfermedad

La palabra se inventó en 1688. Un estudiante de medicina suizo, Johannes Hofer, escribió una tesis sobre un mal que afectaba a personas lejos de casa, sobre todo soldados suizos que luchaban en el extranjero: tristeza, insomnio, falta de apetito e incluso fiebres. Lo llamó nostalgia, uniendo dos palabras griegas: nostos, el regreso a casa, y algos, dolor.

Durante siglos se trató como un problema médico. Se le atribuyeron causas de lo más variopintas, desde la presión atmosférica hasta las campanas de las vacas de los Alpes, y se dice que a algunos ejércitos les preocupaba tanto que se llegó a prohibir que se tocaran ciertas canciones de los soldados. Con el tiempo dejó de ser una enfermedad y pasó a verse como un rasgo melancólico, algo de lo que era mejor no abusar.

La sorpresa llegó hace poco. Desde principios de este siglo, psicólogos como Constantine Sedikides y Tim Wildschut han estudiado la nostalgia en el laboratorio y han encontrado lo contrario de lo que se pensaba: en general nos sienta bien. Suele aparecer cuando estamos solos o tristes, y después de sentirla la gente tiende a sentirse más acompañada, más segura de sí misma y con más sentido en su vida. No es exactamente una huida al pasado: es una forma de recordarte quién eres.

Se le puede tener amor a un lugar

En 1974, el geógrafo chino-estadounidense Yi-Fu Tuan publicó un libro con un título precioso: Topofilia, el amor a un lugar. Su idea era que un lugar no es solo un punto del mapa. Se convierte en lugar cuando le añadimos experiencia. Un cruce de calles se vuelve algo distinto si allí te dieron tu primer beso.

Más adelante, psicólogos y sociólogos empezaron a estudiarlo como apego al lugar. Su conclusión, dicho en corto, es que nos vinculamos a los sitios de una forma parecida a como nos vinculamos a las personas: queremos estar cerca, nos dan seguridad y nos duele perderlos. Hay investigadores que señalan que mudarse a la fuerza, por ejemplo, porque un embalse ha cubierto tu pueblo, puede vivirse como un duelo.

También hay una palabra para lo contrario. El filósofo australiano Glenn Albrecht inventó en 2005 el término solastalgia: esa pena que da ver cómo cambia o se degrada el lugar donde vives, aunque no te hayas ido de allí. Es lo que siente quien ve que han cerrado todo en su calle, o que han puesto una nave sobre su prado favorito. Es sentir nostalgia sin moverse del sitio.

Por qué pesan tanto esos veranos

Los que tienen pueblo solían ir sobre todo en verano. Y aquí hay varias razones que hacen esos recuerdos más fuertes.

Era la libertad

Para muchos niños de ciudad, el pueblo era el primer sitio donde podían ir solos. Se salía después de comer con la bici y se volvía cuando se hacía de noche. Había cuadrillas de todas las edades, se hacían cabañas y nadie miraba el reloj. Es una sensación de autonomía difícil de igualar: no se echa de menos solo el sitio, sino a la persona que eras allí.

Es la edad exacta

Los psicólogos llaman pico de reminiscencia a un fenómeno bien estudiado: cuando se les pregunta por su vida, las personas mayores recuerdan muchísimo más de lo que vivieron aproximadamente entre los diez y los treinta años. Es la época de las primeras veces, y las primeras veces se quedan grabadas. La primera fiesta, el primer amor y la primera borrachera ocurrieron, para muchos, en el pueblo.

Todo huele

El famoso pasaje de Proust no era una exageración: un sabor le devolvió de golpe toda la infancia. Los olores y los sabores tienen una relación muy directa con la memoria y las emociones, y el pueblo es un lugar especialmente rico en olores: leña, tierra mojada, establo, pan y la comida de la abuela. Esa es la razón por la que abrir la puerta de una casa cerrada desde hace un año puede ser tan fuerte. Huele a todo lo que recuerdas.

Sigue igual, o eso parece

Tu ciudad cambia cada año, y por eso no te sorprende. El pueblo es el único sitio donde el banco de la plaza sigue en el mismo sitio y donde la gente te dice: «Tú eres el nieto de la Carmen». Pocas veces en la vida adulta alguien te sitúa así, con tanta rapidez, dentro de una historia más larga que tú. Te dice de dónde vienes sin que le hayas preguntado nada.

Una historia española

Todo esto se nota especialmente en España por una razón histórica. Como contamos en el artículo sobre la España vaciada, millones de personas dejaron el campo entre los años cincuenta y setenta. Se marcharon, pero nunca se desvincularon del todo. Mantuvieron la casa, volvían en agosto y en Semana Santa, y mandaban allí a los niños a pasar el verano. Por eso sus hijos y nietos tienen pueblo sin haber vivido en él. En muchos otros países europeos, esa transición se hizo mucho antes, y hoy casi nadie tiene esa relación con un pueblo concreto.

Es también una historia de emigrantes. Durante décadas, gallegos, asturianos, canarios y gente de medio país fundaron centros en La Habana, Buenos Aires o Caracas, donde se reunían para hablar de su aldea y se organizaban para pagarle una escuela. Hay pueblos de Galicia con colegios construidos con dinero enviado desde América. Y sus descendientes siguen buscando en internet el nombre de un lugar que nunca han pisado, para ver de dónde vinieron.

El peligro de quedarse en la postal

La nostalgia tiene una trampa: edita. Solo te deja lo bueno. El pueblo de tu memoria no tiene las rencillas entre vecinos, ni la falta de oportunidades que hizo que tu familia se marchara, ni el invierno, ni lo duro que era el trabajo. Quienes de verdad viven allí lo saben, y a veces les cansa que los de agosto lleguen a decirles que aquello es un paraíso.

Por eso es sano querer al pueblo sabiendo cómo es: un lugar real con gente real, que no está congelado para que lo disfrutes tres semanas al año. Tiene más valor apoyar lo que sigue vivo allí que lamentarse por lo que ya no está. Tienes ideas muy prácticas en este artículo.

Cómo mantener el vínculo, viviendo lejos

Si te has reconocido en algo de esto, hay cosas que ayudan a mantener vivo ese vínculo:

  • Ir fuera de temporada. Conocerás otro pueblo y, si tienes suerte, también verás a sus vecinos de verdad.
  • Llevar a alguien nuevo. Enseñárselo a un amigo o a tus hijos te obliga a contarlo, y cuando lo cuentas lo recuerdas mejor.
  • Guardar la memoria. Fotos, audios y mapas. Hay una guía entera en cómo investigar su historia.
  • Tenerlo a la vista. Una foto en la pared, un fondo de pantalla, una lámina. Parece poca cosa, pero los objetos ayudan a que el recuerdo siga presente.
  • Participar en algo. La asociación de vecinos, la peña, una comisión de fiestas o un grupo de WhatsApp que no sea solo para quejarse del bar.

Quizá por eso hacemos maquetas: girar el pueblo hasta ponerlo en el ángulo en que lo recuerdas y buscar una casa, que muchas veces es la de alguien que ya no está, es otra forma de volver. Creemos que lo de tener pueblo no es un asunto de metros cuadrados, ni de días al año. Es tener un sitio en el mundo que siempre sabes dónde está.

¿Cuál es tu pueblo?

Escríbelo y míralo levantarse casa a casa.

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