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Cómo se hacen los mapas, y por qué todos mienten un poco

Por qué Groenlandia parece enorme, qué significa la escala, cómo leer curvas de nivel, de dónde salieron los mapas de España y cómo funcionan Google Maps y el GPS.

9 minutos de lectura

Abres el móvil, buscas una calle y aparece. Parece tan fácil que olvidamos lo raro que es: alguien ha metido el planeta en un rectángulo de seis pulgadas. Un mapa es una de las construcciones más ingeniosas que tenemos, y también una colección de decisiones, de renuncias y, a veces, de trampas.

Esto es lo que hay detrás, desde el problema de aplanar una esfera hasta el motivo por el que tu pueblo sale en el sitio correcto del GPS.

El problema de base: una naranja no se aplana

La Tierra es, casi, una esfera. El papel y las pantallas son planos. Si intentas aplanar la piel de una naranja, se te rasgará o se te arrugará. Con el mundo pasa lo mismo, y se puede demostrar matemáticamente: ningún mapa plano puede conservar a la vez las formas, las áreas, las distancias y las direcciones.

A la manera de pasar de la esfera al plano se le llama proyección, y hay cientos. Cada una elige qué sacrificar. Por eso se dice que todos los mapas mienten: no porque nadie quiera engañarte, sino porque no hay otro remedio. La pregunta útil es en qué miente cada uno, y si eso importa para lo que quieres hacer.

Por qué Groenlandia parece tan grande

El mapa del mundo que más hemos visto es el de Mercator, y no se hizo para el colegio. Gerardus Mercator, un cartógrafo flamenco, lo publicó en 1569 pensando en los navegantes. Tiene una propiedad preciosa: una línea recta en el mapa corresponde a un rumbo constante de brújula. Para ir de un puerto a otro bastaba con trazar una línea, medir el ángulo y mantenerlo.

El precio es que las zonas cercanas a los polos se estiran muchísimo. En un mapa de Mercator, Groenlandia parece más o menos del tamaño de África. En realidad, África es unas catorce veces mayor. Alaska parece gigantesca, y España parece mayor en proporción que los países cercanos al ecuador.

En los años setenta, el alemán Arno Peters defendió con mucho ruido una proyección alternativa, que respetaba las áreas, y acusó a Mercator de favorecer a los países ricos del norte. Los mapas de Peters deforman mucho las formas, y muchos cartógrafos se molestaron, pero el debate hizo que la gente se fijara en algo importante: un mapa también dice qué consideramos central.

Hoy, para los mapamundis generales se suelen preferir soluciones de compromiso. National Geographic adoptó en 1998 la proyección de Winkel Tripel, que deforma un poco todo y mucho nada. Curiosamente, Mercator ha vuelto por sorpresa: la versión web de esa proyección es la base de la mayoría de los mapas de internet, porque conserva bien las formas al hacer zoom. Tu calle se ve con su forma correcta, y Groenlandia sigue siendo enorme. Por eso hay webs como The True Size Of, que te dejan arrastrar países para comprobarlo. Pruébalo con España: te llevarás alguna sorpresa.

La escala: cuánto mundo cabe en un centímetro

La escala es la relación entre la distancia en el mapa y la distancia real. Se escribe así: 1:50.000, es decir, 1 cm en el mapa son 50.000 cm en la realidad, o sea, 500 metros.

Escala1 cm sonSirve para
1:1.00010 mUna parcela o un edificio
1:5.00050 mUn casco urbano o una finca
1:25.000250 mSenderismo
1:50.000500 mUna comarca, excursiones largas
1:1.000.00010 kmUn país

Hay una trampa en el lenguaje: «escala grande» significa que se ve con mucho detalle y poco territorio (1:1.000), y «escala pequeña» que se ve mucho territorio con poco detalle (1:1.000.000). Es justo lo contrario de lo que se suele decir en la calle, cuando se habla de «a gran escala».

La escala también obliga a decidir qué se dibuja. A eso se le llama generalización. En un mapa de España, un pueblo es un punto, y una carretera sinuosa se vuelve una línea suave. Una carretera dibujada a su anchura real sería invisible, así que se dibuja mucho más ancha de lo que le correspondería. El mapa no reduce la realidad: la traduce.

Cómo leer el relieve: las curvas de nivel

Una curva de nivel es una línea que une puntos a la misma altura. Imagina una montaña que se va inundando poco a poco, y que cada 20 metros de subida del agua dibujas el contorno de la orilla. Eso son las curvas de nivel, vistas desde arriba.

Con cuatro reglas ya puedes leer casi cualquier mapa:

  • Curvas muy juntas: mucha pendiente. Si se tocan, es casi un cortado.
  • Curvas separadas: terreno suave.
  • Curvas en forma de V que apuntan hacia arriba: un valle o un barranco.
  • Curvas en forma de U que apuntan hacia abajo: una loma.

Una vez que le coges el truco, cuesta dejar de verlo: empiezas a imaginar el paisaje en tres dimensiones. Aquí es donde mejor se entiende lo que hacen los mapas en 3D, y nuestras maquetas también ayudan a ver cómo el terreno decide dónde se ponen las casas, aunque, ojo, en Minipueblo la losa es plana: dibujamos la altura de los edificios, no la del terreno. Por eso Morella, que en realidad se enrolla en torno a una peña, se ve como un anillo llano.

Los mapas de España: casi un siglo para terminar uno

En 1870 se creó el Instituto Geográfico, hoy Instituto Geográfico Nacional (IGN), con un objetivo enorme: cartografiar con rigor todo el país. En 1875 se publicó la primera hoja del Mapa Topográfico Nacional a escala 1:50.000, la de Madrid. La última, de las 1.106 que lo forman, se terminó en 1968. Casi cien años.

Los topógrafos recorrían el país a pie y a lomos de mula, con sus aparatos, midiendo por triangulación: desde un vértice, en lo alto de un monte, se miden ángulos a otros vértices visibles, y con un poco de trigonometría sale la posición de todos. Si has subido a una cima y has visto un pilar de hormigón con una placa, era un vértice geodésico. Muchos siguen allí.

Lo mejor es que todo esto se puede consultar. En la web del IGN puedes ver hojas históricas y fotos aéreas antiguas, incluido el famoso «vuelo americano» de 1956-57, en el que aviones de EE. UU. fotografiaron toda España. Si quieres ver cómo era tu pueblo hace setenta años, aquí te contamos cómo buscarlo.

De la foto aérea al láser

La fotografía aérea cambió la cartografía en el siglo XX: dos fotos solapadas de la misma zona, tomadas desde puntos distintos, permiten medir alturas, igual que nuestros dos ojos perciben la profundidad. A eso se le llama fotogrametría, y gran parte de los mapas de la segunda mitad del siglo se hicieron así.

Después llegaron los satélites y, más recientemente, el LiDAR: un láser montado en un avión que manda millones de pulsos al suelo y mide lo que tardan en volver. Algunos pulsos atraviesan los huecos de las copas de los árboles, de modo que permite ver el terreno bajo el bosque. Con él se han descubierto ciudades mayas en la selva y restos de antiguos castros y fortificaciones. En España, el Plan Nacional de Ortofotografía Aérea (PNOA) ofrece datos LiDAR gratis, y hay aficionados que han encontrado cosas antiguas en sus pueblos mirando esos datos.

Google Maps y el GPS: la revolución del bolsillo

El GPS es un sistema de satélites de Estados Unidos que emiten constantemente su posición y la hora exacta. Tu móvil recibe varias de esas señales, y calcula a qué distancia está de cada satélite por lo que han tardado en llegar. Con cuatro ya sabe dónde está. Hoy el móvil combina además Galileo, el sistema europeo, y otros.

La precisión mejoró de golpe en mayo del año 2000, cuando el presidente Clinton ordenó apagar el error que se introducía a propósito en la señal civil. Hasta entonces, un GPS normal se equivocaba en decenas de metros. De ese cambio salieron la navegación en el coche y, una década más tarde, gran parte de lo que hacemos con el móvil.

En 2005 se lanzaron Google Maps y Google Earth, y de repente se pudo buscar cualquier sitio y hacer zoom sin parar. El gran truco no fue solo la tecnología: fue juntar en un único mapa los datos de muchas fuentes y dejar que cualquiera lo usara gratis. Pocos años más tarde, otro proyecto respondió con una idea distinta: un mapa que hacemos entre todos, OpenStreetMap.

Pueblos que no existen y otras trampas

Hacer un mapa es caro y copiarlo es fácil, así que los cartógrafos inventaron trampas. Añadían calles falsas, curvas inexistentes o pueblecitos inventados: si aparecían en el mapa de un competidor, lo habían pillado.

El caso más famoso es Agloe, en el estado de Nueva York, un pueblo inventado en los años treinta por los autores de un mapa. Décadas más tarde, alguien vio el nombre en el mapa y puso allí la Agloe General Store. El lugar llegó a tener algo parecido a una existencia real, y los cartógrafos a los que se acusó de plagio pudieron decir que Agloe estaba allí. La ficción había creado la realidad.

Otras veces, lo que un mapa no enseña es más revelador que lo que enseña. Durante siglos, por ejemplo, poner el norte arriba no ha sido una ley de la naturaleza, sino una costumbre. El célebre mapa de Al-Idrisi, de 1154, ponía el sur arriba, y muchos mapas medievales cristianos ponían el este, hacia Jerusalén. De ahí viene «orientarse»: buscar el oriente. Nada obliga a que tu pueblo se mire desde el sur: en nuestras maquetas lo puedes girar como quieras. Es de lo primero que hace casi todo el mundo, para ponerlo tal y como lo ve desde su casa.

Para qué sirve saber todo esto

Más allá de ganar alguna discusión sobre Groenlandia, entender cómo funcionan los mapas cambia cómo los miras. Cuando veas un mapa cualquiera, hazte tres preguntas:

  1. ¿Qué ha decidido enseñar? Un mapa de carreteras, uno de senderismo y uno catastral muestran tres mundos distintos de un mismo sitio.
  2. ¿Qué ha decidido deformar? En una infografía de elecciones, un distrito grande y casi vacío ocupa más que una ciudad de millones.
  3. ¿De cuándo son sus datos y quién los ha hecho? Todos los mapas envejecen.

Y si te apetece un buen rato, abre el mapa de tu pueblo a tres escalas distintas. Verás que a cada una te cuenta una historia diferente.

¿Cuál es tu pueblo?

Escríbelo y míralo levantarse casa a casa.

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