Historia de las maquetas: por qué nos fascina lo pequeño
De las tumbas de Egipto a la maqueta de Madrid de 1830 y a Miniatur Wunderland: cómo las ciudades en miniatura pasaron de secreto militar a pasión de millones.
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Pon a cualquier persona delante de una maqueta y hará lo mismo: se acercará despacio, se agachará hasta que los ojos queden a la altura de los tejados y empezará a buscar. La niña busca el tren. El abuelo, su calle. Durante un rato, el mundo entero cabe en una mesa y parece que se puede entender de un vistazo.
Llevamos miles de años haciendo cosas así. Las hemos usado para enterrar a los muertos, para ganar guerras, para enseñar a los reyes lo que poseían y, últimamente, para llenar de vídeos los móviles. Esta es su historia.
Las primeras: casas para la otra vida
Algunas de las miniaturas más antiguas que se conservan son funerarias. En el antiguo Egipto se enterraba a personajes importantes con pequeños modelos de lo que iban a necesitar en el más allá. La tumba de Meketre, un alto funcionario de hace unos 4.000 años, contenía un conjunto espectacular de figuras de madera: una granja, una panadería, un taller de carpintería, barcos con su tripulación. Hoy se pueden ver en El Cairo y en el Metropolitan de Nueva York, y siguen asombrando por su detalle.
En la antigua China también se enterraban modelos de cerámica de casas, torres y graneros. No eran juguetes, ni tampoco herramientas de arquitecto: tenían la función de ser, de algún modo, la cosa misma. Esa idea, que la miniatura contiene algo de lo real, nunca nos ha abandonado del todo.
Del taller del arquitecto a las catedrales
En la Europa medieval y renacentista la maqueta se convirtió en una herramienta de trabajo. Era la manera de convencer al cliente, porque casi nadie sabía leer un plano, y de explicar al cantero lo que había que hacer. Cuando Florencia convocó en 1418 un concurso para resolver la cúpula de su catedral, que nadie sabía cómo construir, Brunelleschi presentó un modelo. Hay maquetas de iglesias y palacios renacentistas que costaron tanto como una casa.
La tradición llega hasta hoy con ejemplos muy poco convencionales. Antoni Gaudí estudió las formas de la iglesia de la Colonia Güell con una maqueta colgante, hecha con cuerdas y saquitos de perdigones. Le daba la vuelta mediante un espejo o una fotografía, y la forma que dibujaba la gravedad le daba la estructura ideal. Era, en cierto modo, un ordenador analógico hecho de hilo.
Secreto de Estado: las ciudades de Luis XIV
El salto a la miniatura de ciudades enteras llegó por motivos militares. En 1668, el ministro Louvois empezó a encargar para Luis XIV los plans-reliefs: maquetas de las plazas fuertes de Francia, con cada casa, cada muralla y cada colina del entorno, a una escala aproximada de 1:600. Para ingenieros como Vauban, permitían estudiar cómo atacar o defender una ciudad desde un despacho de París.
Se consideraban un secreto de Estado. Durante mucho tiempo estuvieron guardadas en la Gran Galería del Louvre. Tras la derrota de Napoleón, los prusianos se llevaron una parte como botín a Berlín. Hoy quedan unas cien, muchas de ellas en el Museo de los Planos-Relieves, en el Hôtel des Invalides de París, y son una fuente extraordinaria para saber cómo eran aquellas ciudades.
La idea volvió en el siglo XX: antes del desembarco de Normandía, miles de personas fabricaron en secreto maquetas de la costa a partir de fotografías aéreas, para que los soldados y pilotos conocieran el terreno. Otra vez, la miniatura como arma.
La gran maqueta de Madrid
España tiene una de las joyas del género. En 1830, el teniente coronel de artillería León Gil de Palacio presentó a Fernando VII una maqueta de Madrid en madera, papel y otros materiales, a escala aproximada de 1:846. Muestra la ciudad entera antes de los grandes derribos del siglo XIX, con sus conventos, cercas y calles.
Se conserva en el Museo de Historia de Madrid. Pararse delante de ella es como tener una máquina del tiempo: se pueden ver iglesias que ya no existen y entender por qué algunas plazas tienen la forma que tienen. En cuanto a precisión, sorprende. Y su mensaje sigue siendo el mismo que el de los plans-reliefs: esto es lo que tenemos, y aquí puedes verlo de un vistazo.
Del poder a la diversión: los parques en miniatura
Durante el siglo XX, las maquetas urbanas se abrieron al público y se hicieron divertidas.
- Bekonscot (Reino Unido, 1929) se presenta como la aldea en miniatura más antigua del mundo. Nació como afición de un contable en su jardín.
- El Poble Espanyol (Barcelona, 1929) no es exactamente una miniatura, porque está a tamaño real, pero sí es la misma idea: reunir 117 edificios que reproducen rincones de toda España para la Exposición Internacional. Muestra algo muy nuestro: la tentación de enseñar el país entero en una sola plaza.
- Madurodam (La Haya, 1952) reproduce Países Bajos a escala 1:25. Lleva el nombre de George Maduro, un joven estudiante y héroe de la resistencia que murió en el campo de Dachau. Sus padres financiaron buena parte del parque en su memoria.
- Catalunya en Miniatura (Torrelles de Llobregat, 1983) lleva décadas enseñando a los visitantes reproducciones de edificios catalanes y españoles.
La ciudad más grande que se ha hecho
En la Feria Mundial de Nueva York de 1964, el urbanista Robert Moses mandó construir el Panorama of the City of New York: los cinco distritos de la ciudad a escala 1:1200, con unos 895.000 edificios. Tardaron tres años. Sigue expuesto en el Museo de Queens, y se ha ido actualizando parcialmente a lo largo de los años, aunque buena parte se ha quedado detenida en el tiempo. En 2009 aún se podían comprar pequeñas parcelas como una forma de recaudar fondos: elegías tu edificio y recibías un certificado.
Y la que nunca se acaba
En 2001 abrió en Hamburgo Miniatur Wunderland, de los hermanos gemelos Frederik y Gerrit Braun. Es la mayor maqueta ferroviaria del mundo, con miles de metros de vías, días y noches simulados, aviones que despegan y cientos de miles de figuritas. Millones de personas la han visitado, y gran parte del encanto está en los detalles escondidos: pequeñas historias, chistes y escenas que solo ve quien se fija. Sus creadores lo saben: lo divertido no es mirar, es encontrar.
La vista desde arriba: del dibujo isométrico a los videojuegos
Hay otro camino para llegar a una miniatura sin construir nada: dibujarla. El dibujo isométrico representa objetos en tres dimensiones de modo que las distancias no se encogen con la lejanía, a diferencia de lo que pasa en la perspectiva normal. El profesor inglés William Farish lo formalizó en 1822 para explicar máquinas y, desde entonces, se usa muchísimo en ingeniería.
A finales del siglo XX llegó a millones de casas por otra vía: los videojuegos. Los ordenadores de entonces no podían mover mundos en 3D real, pero la vista isométrica daba sensación de profundidad con poco coste. Por eso tantos juegos de construir ciudades, como SimCity 2000 en 1993, adoptaron esa vista. Una generación entera creció viendo los pueblos como cosas que se ven desde arriba y en diagonal, listas para colocar un edificio con el ratón.
La vista isométrica nos gusta por otra razón: es la de los dioses de juguete. No estamos en el pueblo ni lo vemos desde tan lejos que parezca un mapa. Estamos justo donde lo reconocemos todo y lo dominamos todo.
Por qué nos atrapa: lo que dicen los que lo han pensado
Han reflexionado sobre esto muchos autores, y suelen llegar a lugares parecidos.
El antropólogo Claude Lévi-Strauss, en El pensamiento salvaje (1962), sostenía que el modelo reducido invierte el modo de conocer. Normalmente, para entender algo grande vamos parte por parte. En una maqueta, primero vemos el todo, y luego las partes. Eso da una satisfacción especial: la de entender algo sin esfuerzo aparente.
El filósofo Gaston Bachelard dedicó un capítulo de La poética del espacio (1957) a la miniatura. Decía que quien la mira con atención entra en ella: se vuelve pequeño, y el mundo se agranda de nuevo. Los detalles diminutos nos sueltan la imaginación, y por eso un niño puede pasar horas con una casa de muñecas.
La escritora Susan Stewart, en su libro On Longing (1984), añade otra capa. La miniatura se relaciona con la nostalgia: detiene el tiempo y nos da un mundo cerrado, limpio y controlado, sin ruido ni problemas. Por eso una maqueta de tu pueblo no es el pueblo. Es el pueblo tal y como te gustaría recordarlo, sin obras, sin coches mal aparcados y sin que nadie se haya ido.
Y hay algo más sencillo. Algunos han señalado una explicación de sentido común: lo pequeño no da miedo. Lo que en la vida real nos supera, una ciudad, un país o el paso del tiempo, en miniatura se vuelve amable y manejable. Ponerlo sobre una mesa es una manera de dejar de tenerle miedo.
El efecto miniatura: cuando la foto hace creer al ojo
Si has visto un vídeo de una ciudad real que parece de juguete, conoces el truco del tilt-shift. Cuando fotografiamos un objeto pequeño muy de cerca, solo una franja queda enfocada y el resto se vuelve borroso. Nuestro cerebro ha aprendido esa regla. Por eso, si se difuminan la parte de arriba y la de abajo de una foto tomada desde lo alto, y se suben un poco los colores, una ciudad entera parece una maqueta. El ojo interpreta el desenfoque como una señal de tamaño.
En la página principal de Minipueblo usamos ese mismo truco: es muy sutil, pero un poco de desenfoque arriba y abajo hace que la maqueta parezca algo que podrías coger con la mano.
Y ahora, tu pueblo
Durante siglos, una maqueta de un lugar era algo caro y lento, que solo podían pagar un rey, un ministro o un ayuntamiento. El de Madrid costó años de trabajo, y el de Nueva York, tres años y a un centenar de personas.
Lo que ha cambiado no es la fascinación, que sigue igual desde la tumba de Meketre. Lo que ha cambiado es el coste. Con datos públicos como los del Catastro y mapas libres como OpenStreetMap, un ordenador puede levantar en menos de un minuto una maqueta como la de Morella, con sus 1.589 partes de edificio colocadas en su sitio. No es de madera, y no durará siglos en un museo. Pero hace lo mismo que han hecho todas: que te acerques, que bajes la vista y que empieces a buscar tu casa.